Los elefantes sufren de desorden de estrés postraumático, que en los seres humanos provoca depresión, pesadillas y ansiedad, por las experiencias traumáticas que han sufrido anteriormente.
Así, manadas de estos mamíferos han asaltado pueblos, demolido cabañas y destruido cultivos, no para conseguir comida como hacían en el pasado, sino para asustar a las personas. En Uganda, por ejemplo, es cada vez mayor el número de elefantes que está bloqueando rutas, destruyendo asentamientos y atacando viviendas, aparentemente sin justificación o motivación alguna.
Estos animales son lo suficientemente inteligentes y memoriosos como para recordar experiencias traumáticas pasadas y tomar revancha por el dolor y la destrucción causados por el hombre, al punto de vengarse.
Los científicos sospechan que, de una generación a otra, se ha transmitido un sentimiento de rencor y de desconfianza hacia la raza humana que se remonta a las décadas de los setenta y ochenta, cuando la caza furtiva estaba en pleno auge.
Muchas manadas de elefantes quedaron huérfanas, sin madre y padre, y los jóvenes inexpertos se han transformado en una especie de "elefantes adolescentes delincuentes" lo suficientemente inteligentes como para vengarse. Cuando un cazador mata a una mamá elefante, lo hace sin tener en cuenta que está creando mucho dolor al resto de la familia elefantina, además de estimular un ciclo de violencia.